• Sin Remitente

Uno naranja, uno con manchas

Actualizado: 7 ene 2019



 

(En apoyo a todas aquellas que se animaron a alzar la voz, yo también estoy aquí.) #NiunaMás

_¿Estás cómoda? _Si.

_Bueno, lo que vamos a hacer queda entre vos y yo, nada de lo que me digas o hagamos acá va a salir de esta habitación, quiero que estés tranquila y relajada.

Yo tenía veinte años, y desde hacía un mes me habían empezado a dar los peores ataques de pánico de mi vida.

Después de la muerte de mi madre y del abandono de mi padre a los trece años, viví durante siete años las experiencias más traumáticas de las que tengo memoria. De todas ellas salí adelante, resistiendo y pensando, sobre todo, que algún día todo iba a estar bien.

Al cabo de esos siete años, más o menos, porque los tiempos del olvido son difíciles de contabilizar, alguien se acercó a mi y me dio techo, comida y amor; fue una mujer, a quien no volví a ver nunca más y a quien le debo la vida.

Una semana después de dormir en una cama, de ver televisión, después de muchos años de no hacerlo y de reír, al fin, con tonterías sanas, bajo un techo que no iba a derrumbarse ni a irse a ningún lado, tuve una sensación: la certeza de que iba a morirme. Seguida de un ahogo espantoso y acompañada de pensamientos que continuamente me sacaban de la realidad, me parecía que lo que estaba viviendo no era verdadero, que lo estaba soñando todo; no reconocía mi cuerpo ni las cosas que me circundaban y el constante y profundo sentimiento de duelo sumado a la certeza de que alguien había muerto recientemente me pusieron en un estado de angustia permanente. Sí, alguien había muerto, era yo, hacía siete años y ahora estaba regresando a la vida.

En los días que siguieron lloré, lo hice ininterrumpidamente durante una semana, lloraba incluso mientras dormía, mientras me bañaba; todo el tiempo me vaciaba el dolor acumulado en las entrañas, pegado en el pelo, escondido entre los dedos o los dientes; flotando en las noches de banquetas y olor a orines, en la vulnerabilidad de ser una vagina virgen en las calles; en los golpes, en la soledad,  si, mi mayor temor, la soledad. Así llegué a la “consulta” de Mario Miguez. Esta es la primera vez que escribo su nombre.

Me lo recomendó una compañera de trabajo. Ahora sé que todo estaba mal desde el principio, pero yo jamás había pisado un consultorio y mis parámetros de normalidad estaban lo suficientemente trastocados como para darme cuenta de las cosas.

Primero hablamos por teléfono escuetamente y después hizo que lo pasara a buscar por su trabajo, que quedaba cerca del mío, y de ahí nos fuimos juntos a su casa. Era psicólogo y trabajaba para el gabinete psicoanalítico de la policía federal, no sé bien qué hacía, no sé si la gente llamaba cuando estaba al borde del suicidio y él los convencía con las palabras exactas de que no lo hicieran, no lo sé, podría haber sido cualquier cosa, para mi en ese momento era alguien que quería escucharme.

En el camión que nos llevaba a su casa le fui contando algunas cosas, hacía frío y los dos íbamos enfundados en chamarras gordas y abrigadas, pero a mi el frío me venía de otras cosas. _No entiendo lo que me pasa_ le dije, _Nadie se murió, pero tengo esta sensación de que alguien acaba de hacerlo y no sé por qué. Mi vida está mejor ahora, ya no vivo en la calle, debería sentirme mejor, pero siento que me voy a morir de tristeza, siento que el corazón se me está por romper._

Desde que la crisis había comenzado los ataques de pánico me daban en cualquier momento, no seguían un patrón, no tenían una razón aparente; hiperventilaba, me daban ganas de vomitar, pensaba en la muerte, en que al igual que mi madre, yo también iba a morir algún día y me iban a meter en un cajón con encajes y a rodear de veladoras que olían a cera quemada y al inconfundible olor de los cadáveres.

Esa noche en el camión de camino a casa de Mario cargaba con siete años de un miedo horrendo haciendo presión por reventar, siete años en los que no derramé ni una sola lágrima en nombre de la resistencia que me permitió sobrevivir.

Llegamos a su casa y Mario me presentó a su esposa, una mujer amable y cariñosa que estaba preparando un guiso de lentejas; intercambiamos dos palabras sobre si las lentejas me gustaban o no y después me dijo que pondría un plato más para mi en la mesa y cenaríamos juntos luego de mi sesión con Mario. Enseguida subimos unas escaleras y entramos a su recámara.

Había una cama matrimonial, un par de muebles y una pecera con cuatro o cinco goldfish que nadaban de un lado al otro olvidando mi cara cada vez que la perdían de vista. Ya no recuerdo si me dio algún tipo de explicación acerca de por qué la sesión se llevaría a cabo ahí, solo recuerdo que me pidió que me acostara sobre el cubrecama, que cerrara los ojos y que respirara profundo intentando visualizar el aire que entraba y salía a través de mis pulmones.

_¿Estás cómoda?_ Si _ contesté.

_Bueno, lo que vamos a hacer queda entre vos y yo, nada de lo que me digas o hagamos acá va a salir de esta habitación, quiero que estés tranquila y relajada.

Empezó a preguntarme cosas, yo hablaba, me sentía cómoda, más que cómoda, me sentía escuchada, por primera vez en muchos años alguien quería saber qué me pasaba, qué sentía, cuánto me dolía lo que me dolía, cómo había sido aguantar tanto tiempo, resistirlo todo _no te preocupes Anabel, ya no estás sola, acá hay alguien que te va a ayudar a volver, a volver a la vida, a lo que te prometieron cuando naciste al decirte que eras una niña deseada, querida y amada por todos. Ahora sí, como vos lo querías, todo va a estar bien_

Pasaron un par de minutos y entonces me di cuenta de que se había levantado de la silla, la que había puesto delante de mi, escuché sus pasos rodeando la cama, por un momento no escuché nada más y entonces lo sentí, acostándose detrás de mi y rodeándome con sus brazos; percibí su vientre enorme, el aliento añejo de su boca, y enseguida su verga dura y húmeda en mi espalda. No hay sinónimos amables para verga, las mujeres lo sabemos, este tipo de cosas no admiten eufemismos.

Me quedé paralizada, y aunque había pasado por mucho, mi vida se había detenido a los trece años, emocionalmente yo era una nena y Mario lo sabía y lo usaba para apoyarme su miembro en la espalda mientras me susurraba al oído _ ¿Quién soy?_ Yo no respondía, dudaba, trataba de contestar algo para quedar bien, para que no me hiciera daño. _Soy tu papá._ Me decía él, guiándome con su lengua pastosa y blanda hacia la respuesta correcta, igual que lo haría con los suicidas que lo llamaban, guiándome, guiándonos hacia la mismísima boca del lobo.

A los pocos minutos se paró, supongo que se habría hartado de mi resistencia y me pidió que me sentara en la cama, él hizo lo propio y se sentó en su silla de “terapeuta” frente a mi y me besó, me besó en la boca, fue un beso casi infantil y dulce y por lo mismo profundamente perverso. Yo educadamente lo aparté de mi, estaba aterrada, nada pasaba por mi cabeza, nada! Todo lo que uno imagina a partir de las ficciones, como cuando la víctima se defiende, sale corriendo, grita o golpea a su agresor no es así, casi nunca lo es. Aterra, paraliza, es un gancho en el estómago, vulneran lo más íntimo de una, manosean tu culpa, tu dolor, tu vergüenza, tus miedos, tus terrores más profundos, te quedas sin herramientas, sin aire, sin voz y entonces tratas de comportarte bien, tal como nos han enseñado durante siglos a las mujeres, porque sino te lastiman y luego te matan.

Nunca más lo volví a ver, quise denunciarlo, claro que quise, pero la suma de muchos factores me acobardaron; uno de ellos, tal vez el más importante, fue el hecho de que trabajara en la policía desde hacía muchos, muchísimos años; en la Argentina ciertos roles están políticamente resignificados, pero no voy a entrar en ese tema, algunos entenderán a qué me refiero, yo estoy en paz con dejar el asunto allí donde está y donde quiero que se muera. Sin embargo no pude olvidarlo, ni a él, ni a su esposa tan solícita y abnegada cocinando a fuego lento para las “pacientes” de su marido, ni a los peces; los peces que me miraban desde sus aguas calmas, nadando de un lado al otro, uno naranja, uno con manchas, a los demás la verdad no los recuerdo.

Mario Miguez, esta es la segunda vez que escribo tu nombre.

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