• Sin Remitente

Niñas bien

Actualizado: 7 ene 2019



 

Mi madre estaba destinada a convertirse en lo que se dice “una niña bien”. Cosía; bordaba; tenía nociones básicas de piano, pintura y declamación; y como corresponde, se le auguraba un brillante futuro como esposa del mejor candidato que la familia fue capaz de pescar. Hasta que un día conoció a mi padre.

Claudio no se llamaba Claudio, y ella, al igual que todos los demás se enteraron el día fijado para firmar el acta matrimonial de que él era en verdad Roberto, que no era abogado, y que de las propiedades que decía tener solo contaba con un cuarto alquilado en Mariano Acosta, cerca de las vías del tren. Pero ella no respiraba más que por su boca, ella no vislumbraba ningún futuro si mi padre no estaba incluido en él.

A la casa con perros y jardín de invierno que mi abuelo les había comprado se sumó el negocio de cinturones de seguridad para él, que más tarde se encargó de incendiar, y un sinfín de chucherías para ella, que vivía, al principio, como había sido pactado. Por un tiempo nada despreciable fueron felices.

Yo nací en una familia donde era normal cambiar de casa todos los años, en la que me enseñaron a evadir los comentarios sobre la dudosa profesión de mi padre con un: “yo soy chica y no entiendo”, y donde había que esconder la Beretta 45 del alcance de mi madre para que no se volara los sesos sin previo aviso cuando él no volvía por las noches.

Ella murió a los treinta y nueve, estaba enferma de pies a cabeza, pero a pesar de todo se fue convencida de que su mayor inversión, que su mejor logro había sido casarse con mi padre. Lejos de sus días de niña caprichosa al final prefirió la complicidad del silencio, la serenidad de la negación, recluyéndose en una fantasía de promesas sobre una vida más que merecida. Luego él, sin dar ninguna explicación, se largó. Después yo crecí sola, de a ratos pensando que los extrañaba, y de a ratos más sinceros pensando que era lo mejor.

Hace quince días me reencontré con Roberto después de rumiar su ausencia durante veinte años. Estaba viejo, tembloroso y tenía manchas en el dorso de las manos. Lo reconocí de lejos por sus inconfundibles Ray Ban, la única marca perdurable del hombre que fue. Caminamos sin decir nada trascendente pero tratando de no caer en un silencio incómodo que nos deje pensar sobre lo que nos pasó. Lo invité a comer, aderecé su ensalada y partí sus pastillas de la presión respondiéndome brevemente y por primera vez que se siente ser hija de manera consciente. En la mitad del café le di unas pavadas que le había llevado de México, hizo un gesto, como tenso, yo pensé que no le habían gustado y cuando estuve casi a punto de preguntar se sacó los anteojos y me dijo: “Si pudiese volver el tiempo atrás creo que igual no podría explicarme quién fui y porqué lo fui, nada de lo que hice tiene sentido, lo único que me queda, y que tal vez me salve, es pedirte que por favor me perdones”.

Veinte años fantasee con como sería en ese momento su mirada. Veinte años me enredé entre el miedo y el amor del hombre que convenció a mi madre de poseerlo todo sin tener nunca nada, de haberme dicho que yo era lo más importante en su vida y sin más… desaparecer.

El hombre que está frente a mi tiene sesenta y dos años, no se llama Claudio y me mira con los ojos llenos de pena. Después me hace un par de promesas imposibles y yo me dejo convencer con cada palabra, porque en mis infinitas ganas de creerle se esconde la sola intención de que me quiera como si fuese una niña bien, aunque en eso yo también le mienta.

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