• Sin Remitente

Los Olvidados

Actualizado: 7 ene 2019




 

*** Harald ***


Su mujer lo amaba más que a nada en este mundo, tenía dos hijos rubios y regordetes que eran la envidia de cada misa dominical, y una casa acogedora y cálida en el lugar más solicitado del antiguo barrio residencial de Börnfheist. 

Se podría decir que era el hombre más afortunado que hubiera pisado la tierra jamás, excepto porque un día Harald comenzó a recordar.

Las primeras imágenes fueron flashes furtivos y dudosos, que más bien se asemejaban a una de esas mañas exóticas del cerebro que bien no se pueden precisar, y parecen, más que momentos ya vividos, fragmentos de un sueño repetido muchas veces, o la certeza de un conocimiento ajeno a este mundo e incluso a este plano dimensional.

Luego vinieron momentos de calma y quietud mental, como la tranquilidad y el silencio que precede a la tormenta, como la noche oscura que antecede al amanecer más glorioso, así se sentía Harald cuando la inevitable verdad le cercenó los párpados del recuerdo.

Fue un domingo, durante la misa de las ocho, cuando se vio a si mismo, claramente y sin censura del inconsciente, parado frente al altar, casándose con otra mujer que no era su Mathilde de toda la vida. El shock inminente lo catapultó a la sacristía, hiperventilación mediante y todos a correr y a hablarle al doctor de turno y a sacar conclusiones varias: que si la edad o el peso, o demasiada charcutería le habían tapado las arterias, y que esto y aquello, y que atender la carnicería y el almacén durante tantas horas no era de Dios. 

No era un infarto, no era estrés, era la memoria, Harald lo había recordado todo, y lo peor del caso era que no podía contárselo a nadie.


*** Edmundo ***


La primera persona en olvidar a Edmundo Ríos fue la mujer de la boletería, lo cual, en parte era lógico, debido a la gran cantidad de caras con las que, no ya por día, sino por hora, intercambiaba boletos, monedas, billetes y frases de las más variopintas, las cuales siempre incluían el nombre de una estación de la línea San Martín y las palabras “ida” y “vuelta”. Pero Edmundo, que compraba el boleto de Hurlingham a Retiro todos los días a las siete veintisiete en punto desde hacía dieciséis años, era ya parte de su cotidiano devenir, y que no lo recordara era algo realmente sorprendente. 

    Habían empezado a saludarse desde que un aumento tarifario provocó una suba en los boletos y Edmundo, que siempre era muy propio, se aventuró con un “éste país no se arregla con nada” tan acalorado que a partir de ese día la relación devino en consecutivos: “Hola Edmundo, ¿cómo está?”, “Bien gracias, ¿y usted, Eloísa?“; o un “ya se vino el invierno, cuídese ese catarro” y varias fórmulas hechas que hacían de la mañana un instante mucho mas sensato. Sin embargo, ese día, ella no lo recordó para nada, ni siquiera cuando él remarcó su nombre varias veces: “Edmundo; Edmundo, Eloísa; Edmundo Ríos.” Nada. Ella lo miró por encima de unos anteojos mal colocados y, haciendo gala de su autoridad burocrática, gritó: _Siguiente!!_

    Aún peor resultó el caso de su propia madre, acaecido justo en la época en la que Edmundo comenzó a percibir significativos cambios en su pequeño universo mundano, como por ejemplo, el hecho de que los electrodomésticos no le respondían, o que Peniche, su perro desde hacía doce años, se orinaba en sus zapatos sin ningún empacho. 

Como era ella la única persona del círculo familiar que lo había olvidado, los médicos abogaron por un prematuro brote de Alzheimer, y Edmundo, en parte, logró tranquilizarse. Las preocupaciones que inundaban su mente estaban más relacionadas con lo hereditario de los procesos degenerativos que con la pérdida de su propia madre; con el futuro de su familia y con lo increíblemente extraño que resultaba el olvido, eso era lo que más llamaba la atención de Edmundo, miraba a su madre y pensaba durante largos momentos: ¿dónde se alojarán los recuerdos? ¿De qué estará hecha la memoria? ¿Cuántos cajones tendrá nuestra mente? ¿Y nuestra alma, si es que existe, será la poseedora de la llave de todos los recuerdos olvidados?

    Bertha, su mujer, estuvo de acuerdo en que había que pedir una segunda opinión, pero al someter a Mamá Hilda a nuevas y carísimas pruebas, resultó que tanto su cognición como su memoria a corto y largo plazo estaban en un estado inmaculado. 

    A pesar de ello el resto seguía igual, la única persona a la que juraba no haber visto jamás era a su propio hijo. No ubicaba en la línea de su pasado el hecho de haberlo parido o haberlo amamantado; ni siquiera tenía en mente el desafortunado episodio del juego de té en miniatura de Bavaria, que después de haber sido heredado por más de cinco generaciones, acabó hecho polvo en el piso de la sala, porque Edmundo jugaba a servir como el camarero de la confitería “La ideal” donde tomaban la leche después del cine los días viernes. 

    Nada. Edmundo se había esfumado, era un perfecto extraño para la mujer que compartía su mismo color de ojos, la misma nariz respingada y un exacto lunar entre las dos primeras costillas, marca indefectible de ser uno parte del otro.

    Con el tiempo logró acostumbrarse a vivir con ambos fenómenos: el de su madre, en ese estado para el que los médicos no hallaban respuesta ni explicación, y la desconcertante actitud de la mujer de los boletos, quien a pesar de verlo cada mañana, y de que él se ocupara ahora de ampliar su vida personal con la finalidad de que ella lo recordara, seguía desconociéndolo al día siguiente. 

Así pasaron tres largos años; Edmundo se hizo a la idea de que había cosas en el mundo que ni Dios podía explicar y fue acostumbrándose a convivir con el misterio de lo indescifrable, hasta que una tarde, de golpe y sin remedio, todas las personas que había conocido en su vida lo olvidaron para siempre.


***Harald***


Harald tomó el primer vuelo de Düsseldorf con destino a Buenos Aires un lunes a las doce y quince de la noche tras haberse despedido de Mathilde y de sus dos saludables hijos, quienes no entendían qué tenía que ver su padre con un lugar en el mundo que ni ellos podían ubicar en el mapa. 

    Ya en el avión, más tranquilo, y después de dos vasos de Jägermeister, hizo un repaso de la sucesión de los hechos desde aquel fatídico Once de Noviembre.

    Sus primeros años en Europa habían sido difíciles, sobre todo porque no podía dar cuenta de su pasado, todo aquello que lo precedía no era más que un vacío oscuro e indescifrable. Para todo el mundo a sus espaldas él era nadie; para todo el mundo, menos para él. 

    De a poco aprendió el alemán, hasta dominarlo, tanto en su gramática como en la pronunciación, con la perfección de un nativo. Con el tiempo fue inventándose una historia, algo trágica es cierto, pero efectiva, porque al momento de contarla incomodaba a las personas y eso provocaba que se llamaran a silencio de la manera más discreta; día con día alimentaba el relato con nuevos y originales ingredientes, porque es sabido que el diablo está en los detalles y que una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en una verdad. 

    De algún modo su nuevo nombre combinaba con el amplio bigote y la frondosa panza adquirida a fuerza de cervezas y embutidos de cerdo; se llamaría Harald, y poco a poco, el otro hombre iría muriendo junto con el pasado inexplicable y las cosas sin sentido. Compró una carnicería, se enamoró de Mathilde, una de sus mejores y más fieles clientas con quien engendró dos hermosos y regordetes niños, y una gloriosa mañana de diciembre, también Harald se olvidó de si mismo para siempre. 

*** Edmundo ***

Enfrentó el primer gran impacto en la oficina, un Once de Noviembre, aún sentado en el escritorio que le pertenecía desde que Westen & Co lo había contratado como contador adjunto, recién salido de la facultad de ciencias económicas, con un futuro brillante y, según Mamá Hilda, con tanta suerte de haber conseguido trabajo de inmediato en una empresa prestigiosa y de tan alto nivel. 

    Magda, la secretaria de presidencia, dio la alarma a las cuatro con veinticinco: en uno de los escritorios se encontraba un desconocido, que tenía además el descaro de haberse puesto a trabajar, argumentando que era contador adjunto de la empresa desde hacía doce años.                 

    Inmediatamente se procedió a incautar el material con el que laboraba, llámense planillas, lápices y un sacapuntas eléctrico, todos ellos elementos que el susodicho aparentemente se había procurado para montar algún tipo de escena y poder pasar desapercibido. No se sabía a ciencia cierta si había habido alguna entrevista de trabajo para contratar a un nuevo contador, y el farsante, habiendo sido rechazado, montó una simulación para dar a conocer sus aptitudes, si era un desquiciado mental que gustaba de hacer bromas, o mucho peor, un infiltrado de Morley & Co, la competencia directa de la empresa, y estaba allí haciendo un trabajo de espionaje corporativo. El caso es que después de ir y venir, y de que el aludido pidió revisar los recibos de sueldo de al menos los últimos cinco años y de, claro está, no encontrar rastro alguno de que estuviera vinculado con la empresa, se procedió a escoltarlo a la calle, sin levantar cargos, porque la verdad, parecía un buen tipo.

    Edmundo estaba pasmado, debía ser un virus o algún tipo de psicosis colectiva, porque de otro modo no se explicaba nada de lo que acababa de suceder. Se cruzó al café del Manco y pidió un expreso doble, tan consternado estaba que no se percató de que el mismo Manco, que lo conocía desde sus inicios en Westen & Co, lo trató de usted y le preguntó si era nuevo en la zona. 

    Tomó el tren de las seis treinta y siete, y cuando bajó en Hurlingham le echó una mirada incisiva a la mujer de la boletería quien ya estaba cambiando de turno con una chica rubia que parecía salida de un cuento de C. Andersen. La mujer lo miró con curiosidad e incluso levantó las cejas, pero no dijo ni hizo nada más y Edmundo comprobó entonces que seguía siendo un extraño para ella y eso, contradictoriamente, lo tranquilizó, porque al menos algo seguía siendo igual, aunque ahora, claramente, todo fuera parte del mismo y perturbador asunto. Estaba enloqueciendo y si de por sí la situación era complicada, lo que sucedió después fue la gota que derramó el vaso.

*** Harald ***

Harald se hospedó en un hotel de la Av. Nueve de Julio y durmió toda la noche y toda la mañana. Se levantó a las doce con treinta y dos, tomó un desayuno tardío compuesto de medialunas rellenas de jamón y queso y café con leche, y luego caminó todo a lo largo de la calle Maipú hasta llegar a un café en el que se sentó a esperar a su cita de las dos de la tarde. En las ventanas del local se podía leer, medio despintado ya: “café del Manco”, y en un espejo del fondo, junto a los baños, se reflejaba el fantasma de lo que había sido la vieja Westen & Co, donde próximamente se construiría un Supermercado de la firma Delicatessen. 

    A las dos menos cinco, Bertha, antes Bertha Ríos, ahora Bertha Hernández, cruzó la puerta y se quedó mirando a su alrededor sin ubicar lo que estaba buscando. Entrecerró los ojos un poco y luego de peinar el lugar por tercera vez posó su mirada descreída y cautelosa sobre Harald. Él ya la estaba viendo con el semblante de quien ve a un espectro, ella, con la mirada llena de un rencor añejo y marchito que se le había hecho carne. 

    No logró acercarse, le ganó el dolor del recuerdo, el revivir los años de desolación y abandono. Salió de allí sin decir nada y Harald la alcanzó en la esquina, la tomó de un brazo y la volteó hacia él. Estaba más vieja, los dos lo estaban, pero las de ella eran unas arrugas mal delineadas, crecidas de la tristeza y la soledad. _Nunca voy a perdonarte _ le dijo. 

Harald balbuceó dos palabras en un alemán cerrado y sin sentido a los oídos de Bertha, y cuando quiso retractarse, ella se le adelantó, zafándose de la mano robusta que la tenía tomada por el brazo _Soltame Edmundo, ya ni siquiera te reconozco, para qué vamos a abrir una puerta que cerramos hace tanto tiempo._

*** Edmundo ***

Todos los días Edmundo entraba a su casa y, tras dejar el maletín y el sombrero en la sala, caminaba al baño y se lavaba las manos. Luego se ponía sus pantuflas y leía el periódico en la cocina mientras Bertha preparaba la cena y sus hijos hacían la tarea; era una de esas familias tranquilas y ordenadas, pero carentes de toda emoción, de sorpresas y novedades. Aunque a veces hubiera preferido una vida diferente, Edmundo se decía que la suya estaba bien y que procurarse un estilo de vida más disparatado era cosa de los artistas y de la gente que vivía en la capital. 

    Ese Once de Noviembre, Edmundo se quedó parado en la sala sin saber qué hacer, ¿habría sido un ardid para despedirlo de la empresa sin previo aviso? Meditó un momento y vio que sobre la mesa había una gran y oscura mosca que libaba una sustancia viscosa, que seguramente los niños habían tirado. Sacó el periódico del maletín, que estaba doblado justo en la sección de viajes y turismo en la que se anunciaba la gran fiesta de la cerveza alemana de ese año, y durante unos momentos se quedó mirando la palabra Oktoberfest y debajo de ella la foto de un hombre que brindaba con un inmenso tarro de cerveza. Pensó que el hombre de la fotografía se veía feliz, luego pensó si él era feliz, y enseguida se cuestionó sobre la felicidad de las personas en las fotos. Pensó que esa era una de las ideas más equivocadas que existían, que una foto ni siquiera es una parte de una persona, no tiene nada que ver con ella, es una impronta de algo que se asemeja a la idea visual que tenemos de alguien, no es la persona en si, no es su piel, no es sus ojos, o el pelo o la mugre debajo de las uñas, es un papel, un papel con una reacción química, una magia extraña, una locura; es por tanto un pensamiento ridículamente reductivo y estúpido que uno pueda asegurar, por el solo hecho de ver una fotografía, que alguien es feliz. 

    Este pensamiento enfureció tanto a Edmundo que apretó el periódico con fuerza y encaró hacia la mosca que ahora parecía más gorda, más negra y más hinchada, y en el mismo momento en el que la aplastó, alguien le golpeó también la cabeza a él. Después de eso se desmayó y su vida cambió para siempre.

    El reporte de la policía decía que un extraño, de nombre Edmundo Ríos, había irrumpido en el inmueble de la calle Lavalle 1923, a las siete cincuenta y dos de la tarde, argumentando que se trataba de su propia casa. La señora Bertha Hernández logró interceptarlo con gran valentía en la sala, donde el susodicho se encontraba con la mano alzada y un periódico enrollado en ella a punto de cometer quien sabe qué fechoría.


*** Edmundo y Harald ***


Parado frente a la casita de Lavalle 1923, en la misma postura y bajo la misma lluvia que hacía veinte años atrás, Harald contemplaba con tristeza la familia en la que alguna vez había sido feliz. Todos lo habían olvidado, todos en el mundo un día decidieron que Edmundo había dejado de existir y él no entendía por qué habían tomado semejante determinación. Habían desaparecido las fotos y los documentos que acreditaban su existencia y la gente conocida simplemente lo ignoraba o se asustaba si acaso él trataba de acercarse. 

    La memoria del mundo que rodeaba a Edmundo fue adquiriendo poco a poco nuevas habilidades, y ya, incluso el recuerdo a corto plazo había sido afectado. Si por ejemplo compraba unos zapatos, resultaba que cuando el vendedor iba al depósito por el par correspondiente, al regresar miraba a un lado y a otro con la caja en las manos, buscando al cliente, y preguntándose por qué la gente se va sin avisar de esa manera tan poco educada; mientras tanto, Edmundo se daba la vuelta y abandonaba el local, negando con la cabeza, triste y lleno de desolación al percatarse de que una vez más había sido olvidado.

    Todo se volvió complejo, la gente no recordaba haberlo visto sentarse en un restaurante, entrar en el banco o visitar al doctor, incluso pedir una indicación en la calle era motivo de problema: los interlocutores en cuestión se volteaban a señalar la ruta solicitada y cuando volvían la mirada a Edmundo no sabían por qué estaban hablando con un extraño, y eso les causaba un pánico feroz. 

    Tomar ese primer avión también fue un engorro, pero curiosamente, conforme iba atravesando el Atlántico la gente lo empezaba a recordar, aunque más que recordarlo, lo reinventaban, lo iban creando como si se tratase de un Golem transatlántico, surgido de la alquimia de los meridianos. Así, al llegar a Düsseldorf, Edmundo se había convertido en Harald. 


*** Eloísa ***


Esa tarde tenía cita con el ortopedista. Eloísa se había accidentado dos años atrás y el dedo chiquito nunca le quedó como antes, desde entonces el zapato izquierdo era mas ancho que el derecho, por centímetros prácticamente invisibles. Marcó tarjeta en la oficina del fondo y se cercioró de que “la nueva” atendiera la boletería, su boletería, tal y como ella le había indicado: amable pero sin exceso de confianza. 

    Cruzó el hall de la estación y alcanzó el último tren de las ocho a Retiro. En particular ese día había llovido bastante y la humedad le horadaba el insignificante dedo del pie haciendo que le doliera de una manera magnificada. Se sentó en el cuarto vagón, de espaldas a la estación, junto a un hombre gordo y de bigote abundante con pinta de alemán. Algo en el tipo le era familiar, algo le llamaba la atención y al mismo tiempo la incomodaba terriblemente y, mientras se sobaba la pierna, lo miraba por encima de los anteojos, como siempre, mal colocados. Curiosamente, el tipo parecía nervioso, sudaba por y a través de las sienes como si fuera la Fontana di Trevi, la miraba de reojo, la “relojeaba” diría ella más tarde, y en una de esas en que Eloísa se levantó porque ya le había entrado miedo, el tipo la tomó por la muñeca y le dijo _Eloísa, soy yo, Edmundo, Edmundo Ríos. ¿Todavía sigue sin recordarme?_

    Edmundo le contó cómo como ella y todo el mundo lo habían olvidado, primero paulatinamente y luego de golpe hasta obligarlo irremediablemente a convertirse en otra persona. Cómo Harald, su nueva identidad, lo fue absorbiendo poco a poco, y fue perdiendo la memoria sobre su propio pasado, sobre su propia existencia, y cómo un día, sin preludios, lo recordó todo otra vez. 

    Habló durante todo el viaje y aún media hora más en la puerta de Retiro. Eloísa lo escuchó con paciencia y, cuando lo creyó conveniente, lo tomó de las manos y, amorosamente, le dijo:

_Yo nunca me olvidé de vos, Edmundo. Cómo me voy a olvidar, si durante dieciséis años, entre boleto y boleto, me contaste toda tu vida. Me dijiste que te sentías realmente solo, que eras un fracaso, que hubieses querido tener la vida de los artistas o de la gente que vive en la ciudad y que no ibas a parar hasta descubrir el modo de cambiar tu destino. Y entonces un día me dijiste que tenías un plan, que había un lugar donde serías feliz para siempre, pero que para eso debías olvidarlos a todos, que incluso debías olvidarme a mi. Me reí porque eras así de ocurrente, y porque nunca pensé que en verdad fuera cierto. 


Yo tenía una lata de bombones con un paisaje como de los Alpes o de unas montañas, que me había traído mi cuñado de un viaje, y que usaba para guardar los billetes grandes en la boletería, y un día me preguntaste donde era ese lugar tan lindo y nos reímos porque no podías pronunciar “Börnfheist” ¿te acordás? Después de eso no me volviste a hablar, yo te decía: “Edmundo, soy yo, Eloísa, Eloísa Martínez”, y vos nada, como si de un momento a otro me hubiera convertido en una extraña. Y entonces, un Once de Noviembre, no me lo olvido más, te paraste frente a la boletería, y me miraste como lo hacías antes, como cuando nos conocíamos. Sólo por un momento volviste a ser el mismo. Después de eso no te volvimos a ver jamás._

*** Harald ***


Harald camina por los puentes de su entrañable “Börnfheist”, atravesada por canales y pequeños senderos de agua; como una Venecia en miniatura, pero más bella. 

A medida que avanza va percibiendo y guardando celosamente en su memoria cada nuevo estímulo, cada sensación, cada imagen: La risa de un niño, el aleteo de un pájaro, el viento cálido de junio, suave, como algodón de azúcar en ambas mejillas; el peso exacto de la mano de Mathilde sobre su brazo, “Mathilde, mi amor más hermoso”_ piensa, y enseguida siente el rítmico latir de su corazón. 

Su corazón, que fue suyo desde el principio, pero que también ha sido el corazón de otro, está ahora lleno de gratitud y de esperanza, porque no solo ha tenido la valentía de seguir latiendo a pesar de todo, sino que se ha atrevido a bucear en lo más profundo de sus recuerdos para, por primera vez, descubrirse a si mismo en los infinitos mares del olvido.

La auténtica verdad no tiene memoria.

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