• Sin Remitente

Heroínas

Actualizado: 7 ene 2019



 

Era un día soleado, a finales de un otoño en el que no hacía mucho frío ni tampoco mucho viento; y aunque a todas luces era un día común y corriente, para mí era singular, porque además de la muerte de mi madre me acontecía otro evento poco frecuente; era mi cumpleaños.

Cuando tu madre muere el día de tu cumpleaños pasan dos cosas: la primera es que no sabes como sentirte, y mucho menos a los trece años; la segunda es que la gente no sabe como acercarse a ti, porque tu desgracia, vamos a llamarle, tiene una doble carga: es tu cumpleaños y has quedado huérfana. Y todo en un mismo día y para siempre. Pero yo, consciente o inconsciente de la naturaleza de la situación, me apropié de ambas circunstancias para demostrar algo que pocas personas daban por hecho; y es que, a pesar de todos mis esfuerzos nunca había sido capaz de llamar la atención sobre mi persona ni de expresar fragilidad, porque para eso estaba mi madre, hasta ahora.

Si el lector es susceptible, o tiene a su madre montada en un podio decorado con flores y guirnaldas, de lo cual no reniego, no se ofenda, simplemente trate de aceptar; hay madres de todos los colores, con más o menos virtudes, con más o menos capacidad de amar, con más o menos equilibrio. Mi madre, si lo ponemos en estos términos matemáticos, era una ecuación indescifrable y sin solución.

Sus dramáticos montajes circenses eran un fragmento mínimo del caleidoscopio que conformaba su personalidad.

En una época se le había metido en la cabeza que mi padre, que trabajaba a sesenta kilómetros de distancia, se diera una vuelta por mi casa a medio día. Dos veces él se cruzó la ciudad entera para darle el gusto, pero a la tercera dijo basta. Ella, ni corta ni perezosa con el berrinche, se acostó en medio de la calle a expensas de que lo que fuera que pasase por ahí la aplastara. Yo tendría diez años y tuve que arrastrarla hasta la banqueta con la ayuda de una vecina y del almacenero de la esquina que había salido a buscar cambio.

O aquél domingo en el que Claudio y yo nos acompañábamos arreglando el jardín, una de las pocas actividades que nos vinculaban y que me daban la posibilidad de saberme hija de algún modo.

Yo había hecho sola un pequeño cantero y en él había plantado tres malvones, uno al lado del otro. Cuando entré a buscar a mi madre para que saliera a verlos, me la encontré sentada en la cama con la 45 de él, que siempre estaba cargada, metida en la boca. No quiero ser maliciosa, y mucho menos después de tanto tiempo, pero podría jurar que estaba en esa posición hacía rato, esperando que alguien entrara y la viera.

Ana María era así, podías pedirle lo que fuera, menos que dejara de llamar la atención, con lo cual mis malvones, o lo que fuese, quedaban siempre reducidos a un evento insignificante y poco atractivo; quiero decir, murió el día de mi cumpleaños, y ni siquiera me dejó apagar las velitas en calma.

***

Ese día fue un caos, porque mi padre, que todo lo complicaba, se había jugado el dinero del sepelio en el casino poniendo una vez más en la ruleta todas las fichas de su mala vida y de su eterna mala suerte. Cuando llegó con los bolsillos llenos de ausencia hubo que sacar plata de debajo de las piedras para darle a mi madre santa sepultura.

Mi abuela, de quien Ana María había heredado sus dotes histriónicos, insistía con tumbarse una y otra vez sobre el cajón, y ante el riesgo de que tirara cajón, cirios y coronas al piso, se había montado una especie de operativo para vigilarla y tenerla entretenida.

A mí todo me parecía irreal, lo cual es lógico porque es uno de los sentimientos que predominan ante la muerte de un ser querido, pero también me resultaba irritante el hecho de que nadie supiera qué decirme ni cómo acercárseme y que, como consecuencia, tuviera yo que, una vez más, pasar desapercibida, ahora por los espectáculos de los otros y porque, como era mi cumpleaños, era difícil decirme cualquier cosa.

Yo no lloré a mi madre hasta muchos años después, hubiera sido tanto más fácil hacerlo en ese momento y dejarme ir en un proceso natural, pero el dolor es caprichoso y nunca revela el modo en el que se va a presentar.

A mi me dolía, claro que sí, y mucho, pero también es cierto que era mucho más grande el enojo, porque a pesar haberlo intentado todo, ella y yo no nos habíamos conocido lo suficiente y siempre había habido una razón para que primara su pena y no la mía.

***

Desde que tengo memoria me he inventado personajes, heroínas que con gran estoicismo le ponían el pecho a las balas, o derribaban imposibles murallas que me catapultaban al siguiente plan de supervivencia. Ese día yo viví mi desconsuelo desde un lugar bien conocido y traje a la vida a una heroína que por primera vez llamó la atención de todos y que, jugando, me permitió hacer un poco más llevadero el dolor que me partía el corazón al medio.

De camino al cementerio tuvimos que hacer una parada forzosa en la casa de mi abuela para buscar el pago que había que entregar antes de proceder con el entierro; cosas de la burocracia que nunca entenderé, como que no te dejen despedirte en paz de tus muertos hasta que cumplas con el último centavo acordado y en ese momento, pero no voy a entrar ahora en un dilema ético. 

El caso es que dando vueltas por la casa, mientras los grandes discutían _ discutían es un eufemismo_ sobre los asuntos monetarios, me detuve delante de una foto de mi mamá a los quince años.

En la imagen en blanco y negro, Ana María aparecía vestida vaporosamente y con el cabello lleno de bucles que caían ligeros sobre sus hombros descubiertos; posaba delante de una manta con un diseño de palmeras y mar caribe que nada tenía que ver con su vestuario de niña bien. La curiosidad me llevó a sacar la foto del portarretratos y voltearla para ver si decía algo . _”Carnaval de Morón, 1965. Scarlett O’Hara. Segundo premio.”_ rezaba la escritura inconfundible de mi abuela.

Con la fotografía aún en la mano revolví los cajones de mi abuela en busca de un vestuario apropiado para la ocasión. Mi referencia más cercana de las actrices hollywoodenses era el pañuelo en la cabeza y los lentes de sol, a lo cual sumé un collar de perlas grises y otro color natural, una boa de zorro medio atacada por las polillas y cartera haciendo juego con unos zapatos de tacón bajo, pero monos. Y así me presenté al entierro.

Las reacciones fueron variadas, algunos dijeron: la nena está mal, pobrecita, pasarle esto justo el día de su cumpleaños; otros menos comprensivos comentaban que con algo de ayuda profesional se me iba a pasar: es lógico que actúe de ese modo, ahora hay que dejarla; los más discretos solo me sonreían o elogiaban mi cartera y los lentes de carey que me quedaban grandes. Pero lo más importante era que mi plan había dado resultado; absolutamente ante nadie pasé desapercibida.

Por primera vez yo era especial, de algún modo, tal vez equivocado, yo era el centro de atracción; pero quién puede decir qué está bien y qué está mal ante el dolor, cada quien transita la tristeza su manera, aunque se trate de una pena disfrazada de zapatos grandes y collares de fantasía. Y aunque yo sabía que lo socialmente aceptable era quitarme todo eso y agarrarme fuerte de la mano de mi padre, a mi me parecía que el glamour y el mantenerme alejada, a un costado del cortejo, me conferían un halo de misterio que hacía que me doliera menos.

Me costaron muchos años de silencio y de palabras que me llegaban incompletas a la boca para poder aceptar lo que sentía, no el extrañarla o el estar enojada, eso vino después, sino la maravillosa sensación de haberme sabido especial el día que ella se fue, entendiendo también que había sido lo mejor. No porque ella estaba en paz, sino porque ahora yo lo estaba.

Me sentí mala, desconsiderada y juzgué cada uno de mis pensamientos, hasta que después de mucho resistirme reconocí que en mí había un poco de lo que ella era, y comprendí que de entre todo lo trágico y amargo de nuestra corta convivencia también hubieron momentos de mucho amor, en los que nos habíamos reído juntas, o habíamos jugado largas horas disfrazadas como locas mientras ella recitaba tediosas cursilerías románticas. Y un día me desperté pensando que Ana María hubiera hecho lo mismo, que si ella hubiera estado en mi lugar, se hubiera montado en unos tacones del quince y con sus bucles a lo Vivian Leigh los hubiera fascinado a todos.

Era el día de mi cumpleaños, y antes de poder apagar las velitas, ella me había regalado la posibilidad de empezar a ser la protagonista de mi propia vida.

0 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo