• Sin Remitente

Fall in love

Actualizado: 7 ene 2019



 

Caía, infinitamente al principio, y el pelo negro le abrazaba el cuerpo como si quisiera sostenerla en los últimos momentos de vida; como si volviera a ser un capullo, ahora de sombra.

Lo más curioso era que cuando se producía el impacto el pelo se le acababa de enredar en el resto del cuerpo y formaba un ovillo perfecto. Solo quedaban a la vista los ojos abiertos.

Por un momento se le reflejaron dos nubes solitarias que de a poco se fueron uniendo. Cuando se convirtió en una sola, ella cerró los ojos y no los volvió a abrir nunca más.


***

Los dos primeros días tuve la impresión de que se trataba de un sueño recurrente, sucedía exactamente en el espacio ínfimo que existe entre despertarse y abrir los párpados, que es como un abismo de ausencia y a la vez de retorno.

Busqué entre varias opciones y al final me decidí por una tal Mme. Roissy. Vidente y canalizadora de almas decía el letrero de un local estrecho ubicado en el fondo de la Galería de las Flores.

La mujer hizo su mejor trabajo, pero no pudimos obtener mayor información, así que levantó el teléfono y con lo que sabíamos contactó a la policía.

Mientras esperábamos apostadas en puerta de la galería yo me quedé pensando en esos ojos casi traslúcidos que parecían tener un propósito, había una cierta búsqueda en el modo en el que veían. Paradójicamente, su mirada se hacía más intensa conforme se alejaba o se acercaba a la muerte.

En eso se estacionó un coche negro, sin ninguna gracia, y bajaron dos oficiales; uno muy viejo, con la camisa percudida y el dobladillo de los pantalones demasiado largo que se le metía, dependiendo del paso, debajo de unos tacones gastados más bien hacia la izquierda. El otro era su aprendiz, el típico novato. Después me enteré de que era su reemplazo.

Mme. Roissy los llevó adentro y después de convidarles galletitas de canela y té de limón les contó todo el asunto. Ninguno de los dos se asombró para nada y nos dijeron que se trataba de uno de esos casos cerrados que quedaban sin respuesta, sin cuerpo, sin pruebas y, al final, sin memoria más que la de un puñado de conocidos que a falta de justicia se vieron obligados a seguir viviendo. Después el oficial joven se sentó delante nuestro y nos tomó de las manos, una práctica que según Mme. Roissy era la indicada para contactar con los muertos.

Mientras detallaba las visiones me daba cuenta de que a mí el oficial me tomaba de la mano de una manera especial. Despacio, presionaba la hendidura que hay entre los dos nudillos del medio. No creo que lo hiciera adrede, pero para mí era como hundirme en un enjambre de mariposas, como recostarme en el pasto recién cortado o en la hierba perfumada de media noche.

Y caía, infinitamente al principio, y enseguida supe que caía en el amor.

Después me hizo muchas preguntas.

_ ¿Era joven?

_ Como yo_ respondía mientras miraba el modo en que su boca se diferenciaba de todas las bocas que hubiese visto o tocado en mi vida. O cómo el mentón se le cerraba en un hueco pequeño, a mis ojos, lleno de misterio; el mismo misterio que adopta una pieza valiosa cuando se oculta en el fondo de un río.

_ ¿La habías visto antes?

_ No lo sé_ decía yo y le sonreía, coqueta, indagando en los pliegues de sus párpados si acaso le gustaba.

Mme. Roissy parecía incómoda, cada tanto tenía espasmos, se ponía colorada o carraspeaba. Tal vez se daba cuenta de que yo ya no quería responder preguntas. Solo quería quedarme así, en silencio, y que él siguiera jugando con su mano entre los nudillos de la mía. Había tantas maneras diferentes de sentir que no había conocido antes. Antes de qué?

La vidente se cansó de pronto, seguro era parte de su acto, porque, a fuerzas de decir la verdad, todo el trabajo lo estaba haciendo yo sola, y también estaba agotada; no por el hecho de saberme ahora un canal entre dimensiones habitualmente incomunicadas, sino porque me había enamorado.

Todos los días iba con Mme. Roissy y le preguntaba por el joven oficial del mentón secreto, pero ella tampoco sabía nada.

***

Iba a amanecer muy pronto y me desperté sudando a mares. Parecía estarme estirando, de ese modo en el que se expanden las cosas que no tienen límites ni contorno, como si me vaciara constantemente hacia un lugar incierto. El corazón me latía con fuerza, y advertí de pronto que no estaba en mi cama.

Unos hombres con delantal azul sacaban fotos con una cámara que emitía una especie de silbido muy largo; se disparaba el flash y luego el silbido; otra vez y otra vez hasta llenarme las pupilas de luz blanca, tal como lo hacía la nube que se formaba en el sueño.

_Se llamaba Isabel_ dijo un hombre que estaba de espaldas mirando hacia el interior de un auto con la torreta todavía encendida.

Entre el brazo del informante apoyado en el auto y el borde de la ventanilla pude verle la cara al que estaba sentado dentro. Era él, su boca seguía siendo mi más profundo silencio; mi hueco en la vida, donde quería quedarme dormida para siempre.

Me identificaron por el pelo, negro, envuelto alrededor del cuerpo tal y como Mme. Roissy lo había detallado.

Despacio, apartó unos pocos copos de nieve, ya pobres hacia el final de este invierno; acarició un mechón del mismo modo en el que me había tocado la mano, y dijo _ es ella.


***

_ Cae, eternamente al principio. Después me inunda, me absorbe, me veo a través del reflejo de sus ojos justo delante de un par de nubes que al final forman una sola. Luego despierto con la certeza aguda, hiriente y mortal de que ya no voy a volver a verla.

_ Lo siento mucho_ le decía Mme. Roissy cada vez que el ya no tan joven oficial, consumido por su desgracia, iba a pedirle que la trajera de vuelta. _ Es así como empiezan a acosar algunos fantasmas, se enamoran, porque saben que el amor, como usted lo habrá notado, es lo que más importa en el mundo de los vivos.

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