• Sin Remitente

Estadísticas & probabilidades

Actualizado: 14 mar 2019



¿Qué es el destino sino un enjambre de eventos aleatorios esperando a ser tocados por nosotros? Y que torciéndole la mano a nuestra propia voluntad, nos mantiene convencidos de que es solo ella, soberana e indiscutible, la que elige.

***

A veces le pasaba que la expectativa no lo dejaba pegar ojo en toda la noche. Aunque se consideraba un hombre sosegado y con gran aplomo, los grandes cambios provocaban en él algo de inquietud.

El que le habían ofrecido era un puesto magnífico y en la sucursal habían dicho que merecía el ascenso, que a pesar de no demostrar grandes aptitudes para el liderazgo (eso lo había dicho Márquez, su nuevo jefe) merecía la oportunidad por haberle puesto tanto interés al asunto. Había resignado tanto de su vida a cambio de una oficina a puertas cerradas. De su vida que había transcurrido en uno de esos cubículos mustios y casi públicos donde uno no es capaz de rascarse la oreja sin ser visto.

Ahora haría todo aquello con lo que de a ratos fantaseaba: «Si, una taza de café y envíe este correo, por favor», diría a su nueva secretaria en tono amable pero guardando las distancias, siempre se deben guardar las distancias.

Tal vez, en algún momento, hasta apoyaría los pies sin zapatos sobre el escritorio, solo por emular algunos de los gestos tantas veces puestos en práctica por alguno de sus jefes, sobre todo en Márquez. Márquez el petizo, el arrogante, el engreído; ya demostraría él su liderazgo, ya habría tiempo para eso y mucho más ahora que su oficina tendría una puerta cerrada.

Calculó que había logrado dormirse entre las cuatro y media y las cinco, y a las seis de la mañana lo despertó el del alquiler. «Qué horas son estas para hacer cobranzas?» Pensó.

_ No, pasaré a liquidar todo pasado mañana. Recibo un adelanto importante y cancelaré los tres meses de corrido_ le dijo al hombre desgarbado que cada mes lo miraba con sorna, igual que lo hacía Márquez, igual que lo hacían tantos otros. Pero eso ahora iba a cambiar, sería intachable, recto, irreprochable.

¡Qué inconveniente! Debió haberse levantado más temprano. El metro de las seis treinta lo hubiese dejado justo con quince minutos de ventaja y daría la impresión de ser alguien no solo puntual sino proactivo, porque tendría listas las estadísticas del trimestre entrante para presentárselas a Márquez, y eso le haría cerrar la boca al engreído por un buen rato.

Si hasta se había afeitado la noche anterior previendo todos los detalles de un amanecer tranquilo; había planchado la camisa blanca y lustrado un par de zapatos que regularmente usaba para eventos sociales, los pocos que tenía, de modo que estaban casi nuevos, a excepción de que el color, café claro, no era tan adecuado para el traje azul marino; pero ya con el adelanto compraría unos más apropiados y más adelante otros más, y entonces no debería preocuparse ni por el color, ni por el lustrado, que se haría en el horario de almuerzo en el mismo local de donde también Márquez era cliente.

***

Al rato de bajar al andén de la estación Independencia, notó que traía las axilas transpiradas, y era lógico, porque siendo las seis cuarenta y cinco ya no contaba con sus quince minutos de gracia; llegaría puntual, no pasaba nada, pero era una lástima no haber podido estar ya en su oficina cuando Márquez entrara a regodearse de su ausencia.

Mientras esperaba repasaba mentalmente una y otra vez el momento exacto en el que había apagado el despertador; lo había traicionado ese mecanismo en el que uno confunde ingenuamente la realidad del sueño con la otra, la de verdad. «¿Sería realmente así? ¿Sería ésta la realidad y no la otra?» Pensaba mientras se asomaba al agujero negro, infinito, por el que aparecería el tren.

Había algo del metro que le gustaba; esa especie de orden cósmico, de homogeneidad, de todos vamos en la misma dirección, de solidaridad omnipresente, porque si el metro se detiene, nos detenemos todos. (Se bajaría en Avenida de Mayo y haría transbordo hasta Perú, aunque teniendo en cuenta el retraso sería más fácil bajar y caminar rápido cortando camino por la diagonal). O de transgresión permitida también, como lo era sentarse junto a un completo extraño y, sin querer, rozarle la rodilla con la suya sin que eso suponga un problema o un escándalo. (Lo de la diagonal era una buena opción y de cualquier modo ya llegaba tan solo puntual). Algún día se lo contaría a Márquez, a ver que opinaba; algún día, cuando fueran ya colegas y pudieran reírse de lo mismo y sin jerarquías de por medio.

Márquez. Ahora pensaba en Márquez, mientras intentaba, como tantos otros, dilucidar qué pasaba con el tren que se había parado, porque claro, ellos también llegarían tarde y también habría algún Márquez esperando para bajarles el pulgar; eso también era parte de esta “eventualidad compartida” que era el subirse todos juntos al mismo tren. ¿Cuántas coincidencias que él ignoraba habría en el mismo vagón? ¿Cuántas como esa chica que se reflejaba en la ventana, cursarían la misma materia sin saberlo? «¿Cuántas habrá como ella?» Se preguntó. «Ninguna». Se respondió a si mismo, y ya no pudo dejar de verla.

Tendría veintitrés años y llevaba un saquito rojo que tal vez la hiciera ver más chica; se mordía el labio inferior mientras leía, concentrada, abstraída del túnel del destino en común y de él que la observaba y a quien se le figuraba como una especie de espectro hermoso, porque solo existía en el cristal de la ventana. Cuando el tren arrancó, entre suspiros de burócratas y manifestaciones de alivio, ella ya había levantado la mirada y lo había sorprendido observándola.

«Tiene los ojos como dos piedras gemelas escondidas en el fondo de un río, húmedas y negras, tocadas de a ratos por un rayo de sol», pensó. «Y cada tanto un mechón de pelo se le atraviesa y es como un pez que se detiene un momento sobre una de esas piedras. Tiene las comisuras de la boca como un pequeño paréntesis que encierran quién sabe qué palabras, y algo de duda en el modo en el que cada tanto se humedece los labios». O tal vez fuese la ventana, el reflejo engañoso de la ventana, o el deseo de verla sin cristales de por medio.

Al fin Avenida de Mayo. Con suerte, y un poco a las apuradas, alcanzaría a Márquez en la recepción, y diría: «buen día Márquez, cómo está su familia? Qué le parece éste calor para fines de Abril? Me acomodo y nos juntamos a ver un par de estadísticas de proyección que preparé para lo que resta del trimestre, si tiene tiempo, claro…» y no pasaron más de quince segundos cuando el vagón se había vaciado y solo quedaba un adolescente que movía la cabeza al ritmo de una música que solo él escuchaba, y a un lado estaba ella, ahora de frente a él, que la veía más allá de la puerta del tren que se cerraba; ella con sus comisuras, con los ojos negros incrustados en el agua mansa del río que era su cara. Ella, con sus quizás veintitantos años y su saquito rojo de niña, y con el poder de haber dejado atrás a la Avenida de Mayo y a Márquez y al café y a los pies sobre el escritorio de la oficina con puerta cerrada.

Se quedó así, descifrándola, percibiéndola, encontrándola en cada vaivén del tren que avanzaba hasta la última estación. Luego la siguió por el andén, y su caminar pausado, porque aún seguía leyendo, le daba esperanzas de alcanzarla, pero al pié de la escalera sintió un mareo y se percató de su grandísima estupidez y pensó en el hombre de la renta y en su gesto con sorna, y en los tres meses de corrido que le darían tranquilidad al menos por un tiempo.

Pensando alguna excusa, subió las escaleras para acceder al otro andén que lo llevaría de regreso; elaborando ya alguna mentira que lo salvara de regresar al cubículo sin techo, ni puerta, ni café, ni secretaria, y mientras daba la vuelta la vio cruzar el molinete y girar la cabeza buscando al hombre que la había mirado durante todo ese tiempo sin pausa. Y entonces ella sonrió y las comisuras de su boca ahora, más que nunca, estaban justificadas.

***

Ya vería al rato, después de quedar para un café o acompañarla a su oficina (seguramente ella tendría una oficina de puerta cerrada), qué le diría a Márquez. Pensaría en algo catastrófico, o mejor algo simple, siempre algo simple adornado con detalles minuciosos es más confiable.

De todos modos, ¿qué sabría Márquez de su boca que lucía como una cita resguardada por dos marcas? ¿Qué sabría de mechones como peces? ¿Qué sabrían sus proyecciones trimestrales de su caminar pausado y de saquitos rojos?

Sus estadísticas no eran más que un intento vano de torcerle la mano al destino, porque parece que uno designa, aprueba o elige, pero a veces hay ciertas variables que son imperceptibles a simple vista; que esperan pacientes en el silencio que les confiere la improbabilidad de ser elegidas. Y es cierto, lo más probable es que uno no las escoja.

Eso quizá sea lo más probable; aunque por fortuna no siempre es lo posible.

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