• Sin Remitente

El hueco

Actualizado: 7 ene 2019


 

Creo que el hecho de haberme quedado huérfana facilitó las cosas, yo ya no tenía a dónde regresar, ni con quien; mi mayor posesión era yo misma; para mi y también para ellos.

Estaban ahí desde siempre, ni siquiera al acecho, ni siquiera demasiado concentrados en el hecho de que yo les pertenecía, naturalmente, como las cosas que nacen ya con un designio, elaboradas o pre concebidas a partir de un destino preciso y cuya única finalidad es ensamblar o completar tal o cual cosa exactamente en el momento en el que coinciden todos los puntos marcados en el mapa. El mío era quedarme sola, el de ellos era esperar, esperar pacientes hasta que yo me diera cuenta de que efectivamente me había quedado flotando en una inmensa nube de nada.

Las dos semanas previas a mi desaparición habían sido un infierno, supongo que de algún modo se trataba de una preparación, me fueron moldeando de a poco para que al final pensara que lo mejor que podría pasarme era despedirme de todo esto y jamás volver la vista atrás. De cualquier modo sé que ellos no tuvieron nada que ver con la cantidad de eventos fatídicos que uno tras otro fueron convirtiéndome en un animal vulnerable y asustado; primero la separación de Mario (qué absurdo, ahora todo me parece tan lógico) el yéndose de la casa a vivir a su oficina, su oficina que había sido su amante todo este tiempo y que dormía desde hacía rato en medio de nosotros dos; y yo, después, sintiéndome el ser más desdichado de este mundo, despreciándome por haber soportado tantas humillaciones y por estar enferma, porque pese a todo no podía dejar de quererlo.

Al principio pensé que después de tantos años acostumbrada a dormir con Mario era lógico que despertara en medio de la noche sintiendo que alguien caminaba por la casa, se sirviera agua o incluso susurrara en la sala, Mario siempre susurraba porque así ponía en limpio las ideas de la oficina. Después supe que susurraban mi nombre, lo hacían de una manera tan tranquilizadora y familiar que era como un bálsamo que calmaba mi pena, o como las manos de mi madre acariciando mi cabello largo y diciéndome que todo iba a estar bien. Juegos de la mente, pues si algo era seguro es que nada, nunca más, iba a estar bien.

Días más tarde tuve que viajar a arreglar unos asuntos pendientes y, sobre todo, a ver a dónde habían enterrado a mis padres. Ella y él habían tenido más suerte que yo en el amor y la muerte, pues compartían dos tumbas gemelas. Sobre cada lecho yacía una reproducción en piedra de cada uno en la que habían invertido sus únicos ahorros, ambas reproducciones se daban las manos (si es que se puede hablar de manos) en un gesto simbólico y eterno; él la extendía hacia el oriente y recibía la mano de ella, frágil y delicada, como siempre había sido, en el hueco de la de él.

A ninguno de los dos vi morir. Nunca vi morir a nadie. Tal vez debí haber estado ahí, tomándolos de la mano, de sus manos únicas que esculpieron para si mismos y en las que mi propia mano no tenía cabida; viendo desaparecer el brillo eléctrico de sus ojos; diciéndoles que debieron haberme amado más; que a pesar de la muerte ellos siempre estuvieron juntos y que a mi, una vez más, me habían dejado sola.

Su lugar de reposo era el cementerio más triste que había visto nunca y ni siquiera tenía derecho sobre la parcela, porque pertenecía a un tío mío que nunca había conocido y que, como el resto de la familia de mi padre, poco y nada les importaba de mi existencia. De cualquier modo nunca volvería allí, era el final, me despediría para siempre de mis padres, de sus cuerpos enterrados dos metros más abajo, quienes de algún modo, para mí, ya habían muerto mucho antes de que perdieran la vida, y a pesar de eso uno nunca está preparado para el verdadero final.

Al volver a la ciudad todo había perdido su significado y ya en el aeropuerto comenzó esa sensación de ensoñación tan particular que me invadió los últimos días y de la que ellos se aprovecharon para convencerme de que yo nunca había vivido en el mundo real.

La realidad era posible e imposible al mismo tiempo, como ese enigma filosófico que plantea que si no ves la habitación de junto ¿realmente la habitación existe? A medida que me alejaba las cosas dejaban de existir detrás de mi, como si cargara con un gran borrador a mis espaldas; si volteaba ahí estaba mi pasado, pero conforme perdía contacto visual con él se convertía en una entidad desdibujada que, aparentemente, ya no me pertenecía. Avanzaba sólo para asegurarme de que cada paso representaba varios años de olvido. No había nada detrás de mi, nada delante, solo yo. Como he dicho, yo era mi mayor y mas importante pertenencia.

Luego entonces comenzó el proceso.

Me sentía una de esas crisálidas en estado de metamorfosis. Estaba débil y cualquier cosa podía matarme si hubiera querido.

No dormía, algo hacía ruido en mi cabeza y me lo impedía. A pesar de ello, la tercer noche caí rendida. Fue un sopor extraño, pegajoso y húmedo del que me desperté porque creí escuchar el flujo de la sangre escurriéndoseme fuera del cuerpo. No era sangre, al menos no la mía.

Susurraban, todo a mi alrededor, como una red sonora homogénea dentro de la que, cada tanto, se filtraba mi nombre, más fuerte, más lejos, dentro de mi propia mente o fuera de ella, pero constante, con ilimitada fluidez. Conforme me iba acercando, las letras de mi nombre se hacían más claras. No se trataba de un sonido molesto, pero era la constancia con la que se repetía lo que me iba envenenado la lucidez, lamiéndola, royéndola, libándola de a poco.

Cuando acerqué mi mano al picaporte cesaron los susurros y una especie de zumbido agudo comenzó a horadarme la cabeza, no era algo que ahora pudiera precisar, se parecía a un millón de insectos encerrados en un frasco de perfume, al sonido sordo de la electricidad en las grandes usinas, al sol quemando el césped en un día calurosamente agobiante.

Como empezó se fue y la puerta del sótano se abrió sin que yo la tocara.


Al principio no noté nada diferente a lo que siempre había visto allí, retazos de mi vida herrumbrados, recuerdos de los que ya nadie tendría conocimiento, fragmentos perdidos para siempre; la cuna en la que lloré tantas veces; mis primeros libros; los patines que ella y yo compramos una tarde de verano, tomadas de la mano, su mano sobre la mía, tan fría ahora, tan ajena, tan ausente (…) Un viejo refrigerador Siam de la década de los 70’s.

y detrás de él, un hueco.


No era un hueco grande, tenía el tamaño de un dedal. De su interior brotaba una luz extraña y cálida, y al igual que los susurros, diabólicamente tranquilizadora. Moví el refrigerador con gran facilidad y me paré a un lado. Era como un proyector que surgía de la pared e iluminaba todo el cuarto. Brillaba hermoso, como brillaría mi alma si acaso la viera; y había algo en ella, una sensación de ansia por querer que me absorbiera, que me devorara de una vez y para siempre; y al mismo tiempo, una inexplicable beatitud, una dicha inmensa, como una voz reconfortante o un aroma familiar, como la mano serena de mi padre diciéndole a mi madre _En la eternidad también estaré contigo_

Y de pronto, en mi mente, todo cobró sentido; mi vida entera tuvo una explicación, un propósito, un por qué.

Todo tenía una razón de ser, estaba completa.

Esa luz que mis ojos veían sólo podía ser Dios hablándome al oído; abrazándome, después de todos estos años de hacerme creer que no era digna de su fe; mostrándome en privado, privilegiadamente a mi, que todo lo que se dice es cierto; existe un plan y yo estaba incluida en él. Entonces extendí la mano, porque comprendí que primero debía ser absorbida por la fuente y en el instante en que el haz atravesó mis dedos alguien dijo:

nunca más vas a volver a verme.


* * *


Dijeron que no sabían si iba a recuperarme, que de cualquier manera no había nadie a quien avisar, de modo que sería una más en el pabellón oeste.

Durante las dos semanas que duró mi desaparición había estado arañando la pared en un punto exacto en el que no encontraron más que restos de la sangre de mis manos.

Mis manos habían sido tan hermosas antes y ahora estaban destrozadas.


Me encontraron pidiendo, constantemente, que se hiciera silencio para poder escuchar si decían mi nombre, si regresaban las voces, los zumbidos, el llamado. Nunca más. Nada.

_Yo vi a Dios en un hueco en la pared. _ Les decía a todos. _No era Dios_ me decían ellos_ él nunca te hubiera hecho esto.

_ Era Dios, lo sé.  Su bondad es un invento de los hombres, sólo una mentira más en un universo que se cae a pedazos_.

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