• Sin Remitente

Cristina

Actualizado: 7 ene 2019



 

Silvia no era como nosotras, en esa época parecía como diez años más chica de lo que en realidad era, por eso le gustaba juntarse con nosotras que teníamos quince, aunque Cristina parecía de veinte o más, porque se pintaba la boca con un labial muy rojo que mi tío Francisco le quitaba a sopapos.

Durante el año no nos veíamos para nada, porque Cristina estaba de interna en una escuela de monjas y la dejaban salir solo en vacaciones y Semana Santa. Llegábamos eufóricas a encontrarnos en la quinta de Carlos Casares cada cinco de diciembre y nos quedábamos hasta fines de febrero. Silvia y la tía Pochi se instalaban en el cuarto que daba a la terraza, porque con los calores de diciembre a Silvia se le acrecentaba el asma y aprovechaban el viento que pasaba por los eucaliptos para que le mejorara la respiración. Yo dormía con Cristina en el cuarto que había sido de mi abuela, y eran las mejores noches, porque nos contábamos cosas en voz baja, y después de apagar la luz jugábamos al matrimonio, aunque Cristina nunca me dejó tocarle la boca.

La casa quedaba cerca de un tambo lechero y las dos nos íbamos por la mañana caminando todo a lo largo del río hasta llegar a la puerta por donde salían los empleados; a Cristina le gustaba uno que cuando salía siempre se paraba a fumar mientras esperaba una rural que lo pasaba a buscar. Ella se iba con la boca bien roja y cuando el tipo aparecía se hacía la linda, cruzaba las piernas, se tiraba el pelo para atrás, y el tipo pasaba y le hacía una risita, Cristina más que contenta. Nos sentábamos en el tronco de un árbol que se había caído desde antes que nosotras naciéramos y comíamos las moras que juntábamos en el camino, hablando mientras, qué se yo cuantas pavadas. Yo volvía con los pies todos llagados por andar descalza, y más de una vez con las rodillas raspadas por treparme a los árboles, pero Cristina no, era como una muñeca de las que se ponen arriba de la cama, o como las bailarinas de las cajitas de música; ni siquiera se le ensuciaban las manos, ni se le alborotaba el pelo que le caía sobre los hombros como racimos de uva blanca y madura.

Una mañana, como a mediados de enero, nos llevamos a Silvia por obligación. No era mala, pobrecita, pero era un poco aburrido porque, como era tonta, no entendía nada.

A la una y media ya estábamos sentadas en la puerta del tambo cuando se largó una tormenta que venía anunciándose hacía horas. Silvia estaba enojada porque sus zapatillas blancas se embarraban y empezó a repetir que estaba sucia, sin parar y en el mismo tono siempre. Nosotras no le hacíamos mucho caso, estábamos muertas de risa imitando a una modelo que habíamos visto en la portada de la Vanidades que posaba toda mojada debajo de una cascada. A Cristina le salía mejor, siempre le salían mejor esas cosas a ella, porque tenía las tetas más grandes y el vestido mojado hacía que se le vieran más duras y redondas.

Después de un rato empezó a caer granizo y tuvimos que salir corriendo a ponernos debajo de un techito hasta que amainara un poco para poder volver a casa. No sé cuanto tiempo pasó entre que la rural se estacionó frente a nosotras y que ya estábamos arriba camino a quien sabe donde. Cristina, totalmente eufórica, me había dicho_ Dice él que nos va a llevar a casa_ y enseguida me mostró un encendedor que el tipo le había regalado con su nombre (el de él) grabado en el frente como prueba de que le gustaba; por eso nos subimos, y porque nunca le hubiese negado a Cristina mi complicidad en un asunto tan importante.

En la rural no había mucho espacio, Silvia y yo íbamos apretujadas contra un gordo que manejaba y transpiraba un agua pegajosa que olía a vaca vencida. Yo no sé si Cristina iba cómoda, porque no sonreía mucho y cuando el tipo del encendedor le preguntaba cosas ella bajaba la cabeza y se tapaba la cara con el pelo.

No me di cuenta muy bien, pero en la calle que llevaba al centro doblaron a la derecha y después de cinco o diez minutos se estacionaron frente a un galpón. El gordo se bajó y dijo que enseguida venía. Silvia seguía con su cantinela de las zapatillas sucias, y yo en lo único que pensaba era en llegar a la casa y enojarme con Cristina por llevarme a veces por tan mal camino, pero enseguida apareció el gordo por la puerta de chapa e hizo una seña hacia la camioneta, entonces el tipo que estaba con Cristina miró a Silvia y le dijo_ Adentro tengo zapatillas limpias de mi hermana, si querés te las puedo prestar. Ustedes esperen acá, no nos tardamos nada_.

Al principio comentábamos cosas tontas, nos esforzábamos por inventar un tema, pero después sobrevino un silencio incómodo y evidente que nos obligó a bajar de la rural. Cristina empezó a llorar a moco tendido diciendo que su madre iba a matarla. Después me dio el encendedor que le había regalado el tipo para que se lo escondiera, y sin más, salió corriendo. Yo estaba muerta de miedo, pero igual agarré coraje y entré.

Cuando salimos la rural ya no estaba y tardamos tres horas en llegar a la casa, sobre todo porque Silvia se paraba a cada rato a limpiarse la sangre que le caía por las piernas, y que otra vez, le manchaba las zapatillas blancas.

Llegando a la casa había parado de llover, pero el cielo seguía encapotado como si fuese humo espeso. Después de haber atravesado la puerta de la cocina tía Pochi se tiró llorando sobre Silvia y desaparecieron por el cuartito de las herramientas. Cristina estaba sentada a la mesa, se enrulaba el pelo con un dedo y no me miraba, solo se limitó a levantar una mano tímida con la que señaló uno de los bolsillos de mis vaqueros(8), yo me hice para atrás en un acto reflejo, pero eso no evitó que mi tío Francisco metiera la mano y sacara del bolsillo el encendedor con el nombre de Juan Carlos grabado en el frente.

Esa tarde, mientras me iba en el coche de mis padres, veía por la ventanilla a Cristina sentada en el porche de la casa, tenía tan linda la boca pintada. Antes de que diésemos vuelta se llevó la mano a la cara, se quitó el labial con la palma abierta y me lo mostró. Yo cerré fuerte los ojos, y en mi ceguera húmeda y salada, ya no veía más a Cristina, sino una mancha roja que se iba haciendo más deforme a medida que nos alejábamos.

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