• Sin Remitente

Crepúsculo y Aurora



 

Crepúsculo: Intervalo antes de la salida o después de la puesta del sol durante el cual el cielo se presenta iluminado.

Solo yo la hacía reír. Solo yo, con un gesto gracioso, una caricia o veces una masita robada del café del tuerto hacía enseguida que me mostrara la hilera de dientes blancos y pequeños donde asomaban dos huecos perfectos portadores de esperanza para su sonrisa. Solo yo la amaba, con un sentimiento infinito, ingenuo, pero real, tan real como sus ocho años y mis nueve veces de cumplir cada vez en un día diferente.

Nos descubríamos cada mañana en la galería que conecta todas las líneas del metro, en el entramado de ese telar inmenso y lleno de vida en el que nosotros nos comportábamos como dos hilos sueltos. De la cafetería donde se apiñaban oficinistas apurados, todos de traje y corbata, todos oliendo a colonia importada, lográbamos apañarnos mitades de medialunas y cuernitos que quedaban vagando en los platitos de café como barquitos sin dueño, sin nadie que los quisiera ni reclamara, las mitades con miga para ella, los culitos para mi, que me gustaban crocantes. Si había suerte los pasábamos con un trago de leche, porque a pesar de todo nuestro mundo tan de grandes, el café seguía siendo un territorio desconocido. Aurora después iba al baño y se lavaba la cara bien fuerte, le quedaban las mejillas brillantes y charoleadas, dos panecitos rojos curtidos por el sol, el aire y la intemperie. Todos teníamos las mejillas iguales, era la marca de dormir en el suelo, a veces en una caja, era la señal que nos diferenciaba de los otros, por mas que nos limpiáramos, era como un sello postal que marcaba nuestro remitente.

Elegíamos una línea, que dependiendo del día de la semana era más corta o más larga y hacíamos el recorrido hasta cansarnos de correr descalzos entre un vagón y otro, teniendo que alcanzar la última puerta en el momento en el que el tren frenaba en la estación, bajar y subir al siguiente, de ida y de vuelta, hasta morir de pie, como Aurora que en tantas ocasiones se dormía parada. La veía cansada a veces, tan cansada en su corta vida tan vieja. Entonces yo me apuraba a hacer los tres o cuatro vagones que me quedaban para ir corriendo a alcanzarla y arrullarla entre mis brazos o recostarla sobre mi hombro y esperar a que se deslizara hasta mi pecho de nueve años que sentía por ella un amor de cincuenta.

Así, con el tren vacío, hacíamos todo un recorrido entero, en el silencio de ese gusano rápido, a la luz del único sol artificial bajo el que nos abrazábamos; ella con los pies sucios colgando del asiento, porque todavía no tocaba el suelo cuando se sentaba, yo mirando la negrura del túnel, o contando las luces que se sucedían una tras otra cada cincuenta metros o tal vez menos. Así, acurrucados, pensaba solo en ella, a veces, si acaso, en una vida diferente. Sabía de ese otro mundo, los veía en el tren agarrados de las manos de sus madres, llorando por tener que ir a la escuela, chillando por no haberles comprado un caramelo o haberlos sacado de la plaza antes de tiempo, pero poco me importaba ser como ellos, yo tenía a Aurora, y eso llenaba toda mi vida.

Era chiquita de edad y de forma, tenía los huesitos como las pajitas de una escoba. Los sentía apoyados sobre mi espalda a las tres o cuatro de la madrugada cuando entraba temblando, deslizándose dentro de mi caja, llorando, a veces lastimada. Se hacía un ovillo, una bolita perfecta debajo del cuenco de mi axila para ser consolada. Le acariciaba el pelo, sucio y enredado que ella ponía de lado sobre unas bolsas que nos servían de almohada, le contaba historias vistas en el tren, en un anuncio, en el café, y entonces sus lágrimas se convertían en el rocío de la mañana. Si la veía con el viejo no hablábamos, pero nos mirábamos y así yo sabía, a veces, que todo estaba bien. Olía a mugre, a sudor ácido, a tela orinada tantas veces, a muerte, a agonía, a desesperanza. Poco hubiese sido necesario para deshacernos de él, hacerla libre y escapar. Tantas veces lo veía levantarse tambaleante, ahogado en su propio vómito rancio, reteniéndola entre sus piernas escaldadas mientras mendigaba a la salida del metro o en la puerta de la Catedral, porque la gente todavía cree en esos artilugios, prefiere creer que de entre tanta mierda de pobreza al menos no existe el abandono. Tantas veces podría haberlo ahogado, hubiese sido fácil ponerle una bolsa en la cabeza en su sueño de borracho indiferente, en su miseria inhumana; pero los niños no matan y él también algún día había sido un niño.


***


Cambiaron las estaciones, cambiaron los días con sus soles y las noches con sus lunas, cambió su cuerpo que ahora había comenzado a despertar. Su cintura se hizo más pequeña, más profunda, y la curva en su garganta se reveló como un hueco lleno de misterio, más hermoso que un silencio, más dulce que cualquier amanecer que yo haya arrullado nunca. Cambió su presente y percibió un futuro, y un día de finales de abril, sin pensar en lo que fuimos, se marchó. Días y noches enteros lloré por mí y también por ella, me había convertido en un espectro; deambulaba por los callejones de un metro sin cielo ni luna, me hacía falta. Era la peor de las pobrezas descubrirme olvidando su olor a niña adolescente, su manera de mirarme de cerca. Era llanamente la condena de saberme enamorado, atravesado por el hambre de quererla y no poder ya saberla entre mis brazos.

Transcurrieron cuarenta y seis veranos de pena en los que ni por un instante pude olvidarla, cuarenta y seis veranos en los que acaricié, si acaso, otros amaneceres, nunca tan brillantes, nunca tan frescos; amores fugaces que al fin me dejaban recostar a su lado esperando que llegara la tarde. Luego se convirtió en algo más abstracto que un recuerdo, en la idea o la creencia de haber tenido un sueño que no se puede precisar, en una duda, en una huella borrada por el agua. Fue entonces cuando supe que la volvería a encontrar.

***

Uno cree que el destino invoca encuentros novelados o falsamente adornados de romanticismo rococó como sucede en las películas, donde un instante se convierte en un signo indisoluble sellado para siempre en el tiempo, pero la vida, todos lo saben, está hecha de otra amalgama.

Fue en la calle, en una vereda poco particular, de un día sin presentimientos, sin expectativas ni presagios; de un cielo gris como el gris de sus ojos y de mi memoria ya curiosamente juguetona con los recuerdos. Caminaba despacio, con sus casi sesenta años, con su pelo apenas blanco, con su cuerpo hermoso de haber albergado vida, de haberla parido y haberla criado. Reconocí en su andar cada gesto todavía tan de ella y la miré largamente, empeñándome en hilvanar una frase, un saludo, unas dos o tres palabras que la hicieran detenerse. Los dos con otra vida, los dos con otra suerte. La seguí con mis ojos de viejo enamorado y por un instante fuimos niños otra vez. Es cierto que pensé en alcanzarla, tal vez saludarla y darle un beso. Después mis manos volverían a tocar su cara y se iluminarían sus mejillas como tantas otras veces yo las había iluminado. O tal vez la soltaría, como se suelta una palabra dicha al pasar, como se desprende una hoja seca, como tantas otras cosas que se sueltan y uno nunca se da cuenta que se han ido.

Al pasar de los meses comprendí que había sido lo más sensato. Al pasar de los años entendí que nunca había sido mía. Nuestro único y perfecto encuentro solo había sido posible en el amanecer de nuestras vidas. Luego el crepúsculo se expande, se diluye y desaparece; solo lo hermoso y efímero de su existencia permite que la aurora se transforme.


Luz nacida de la oscuridad que se convierte en día.

5 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo