• Sin Remitente

Tati

Actualizado: 22 feb 2019



 

Atrás quedaba la casa del cencerro donde había pasado los mejores años de mi infancia; como las tardes calurosas de verano en las que dormíamos la siesta, el abuelo, la abuela y yo, y se escuchaba el silbato del heladero a lo lejos, y yo que me hacía la dormida, saltaba de la cama a perseguirlo por la calle, descalza y a grito limpio. O el recuerdo del olor a césped recién cortado, tan fresco como el del agua entremezclada con la tierra de los malvones; o la textura del concreto del patio, caliente todavía a las nueve de la noche, y mi boca perdida en un higo maduro que acababa de arrancar y me comía sentada en la hamaca del fondo. Recuerdo a Cristian, que me llevaba a dar largas vueltas en su bicicleta de grande y yo me agarraba fuerte a su espalda madura de hombre mayor, mayor en sus veintisiete años, mayor para mis ocho o nueve de ese entonces. Su espalda lisa y bronceada, resbalosa, salpicada de sudor, invadida de musculatura firme, de omóplatos puntiagudos que apuntaban a mi como banderas, era un gigante entre mis brazos y en mi inocencia juraba que un día él me amaría tanto como yo lo hacía entonces.

La casa, de estilo francés según mi madre, para quien todo debía ser francés o austríaco, estaba construida sobre un terreno amplio, rodeado de pinos y palmeras que el abuelo había plantado desde que llegaron de la Isla. El esqueleto, de paredes altas y techo de madera crujiente en cualquier estación del año, también había sido levantado con sus propias manos. Habían empezado por el cobertizo del fondo, que al final se convirtió en una cocinita pequeña donde pasábamos los días y las tardes largas viendo a la abuela en la Singer a pedal, ajustando un dobladillo o reforzando el cuello de las camisas del abuelo. ¡La casa era tan hermosa! Y al igual que un insecto suspendido en ámbar, se mantenía intacta. Yo solo entraba en el gran comedor, donde estaba el piano de cola, que mamá tocaba mal y desafinado, y en la habitación de los abuelos. Más allá, hacia fuera, había irrestricta libertad, como en la galería de los vitrales, el patio y el jardín con la higuera. A veces me asomaba al garage, con la fosa donde el abuelo reparaba el auto y donde me daba tanto miedo caer y quedar sepultada para siempre. Toda la casa era mi gran palacio de verano, salvo la habitación de la Tati, ese cuarto y las noches oscuras y plagadas de silencio eran las dos cosas a las que temía más que a caer en la fosa.

***

A pesar de que dormía junto a la habitación de los abuelos, no podía evitar el miedo que me daba un cuadro que estaba justo al frente de mi cama, donde un payaso lúgubre y de sonrisa macabra, al que habían apodado “Frambrón”, parecía moverse. O la sombra de las hojas de la palmera grande, que dibujaba formas en la pared a las que siempre les veía un rostro. O como cada noche, el fantasma de la Tati que daba vueltas alrededor de su cama, llorando por haber perdido la vida.

Me acostaba a las diez u once, agotada de andar todo el día, a decir de mi madre, como una india, jugando con la manguera para regar las plantas y después secándome al sol. Me quedaban los ojos colorados como si hubiese llorado toda la tarde, pero era el cansancio del agua que se me salía a través de las pestañas a media asta; el agua cansa, decía la abuela. Así y todo, no podía pegar ojo hasta bien entrada la madrugada, porque sentía a la Tati arrastrarse sobre el piso de madera y aunque se lo tenían prohibido, yo me moría de miedo de que se saliera y viniera a agarrarme los pies o a jalarme las sábanas como es sabido que hacen los fantasmas cuando quieren llamar la atención de alguien. Así me pasaba un rato, aguzando el oído en las sombras de la recámara, en una total oscuridad, hasta que por fin la abuela tosía o el abuelo roncaba y yo sentía que no estaba tan sola en ese reino de angustia, que el espíritu de la Tati se había calmado por un rato y que si me dormía, ese mundo de sombras desaparecería a mi alrededor.

La abuela entraba dos o tres veces al día a la habitación de la Tati, donde dicen que su alma se había quedado vagando para siempre, como un recuerdo que se niega a desaparecer o un fragmento de memoria que se repite cada cierto tiempo. Se había muerto a los veinte, invadida por una rara enfermedad que no la dejaba tragar la comida. Había sido preciosa, el pelo delgado y rubio como cabello de ángel parecía flotarle sobre los hombros. Sonreía en una foto que habían sacado mucho antes de que yo naciera, sentada en el sillón rojo de la galería de los vitrales, entre el abuelo y la abuela, más jóvenes, más llenos de vida, menos atravesados por el dolor de haberla perdido.

***

Aquel era mi último fin de semana en la casa del cencerro y habíamos ido con la abuela a comprar útiles y una cantidad de cosas nuevas para llevar a la escuela. A la noche estaba tan emocionada que no había modo de acomodarme en la cama. Sacaba la pluma fuente, nueva y pesada, la pluma que iba a usar para empezar a tener buena letra y la miraba mil veces antes de volver a guardarla. La abuela también me había regalado unas estampas para pegar en los cuadernos, con dibujos de libélulas y hadas encaramadas todas ellas en cascadas doradas de donde brotaban flores y frutas que yo nunca había visto. Todas las hadas tenían alas y unas cuantas se parecían a la Tati cuando estaba viva.

A la tarde había venido Cristian y me había llevado a dar mi vuelta en bicicleta un rato antes de meterse en la habitación de la Tati a llorar con la abuela y después pelearse los dos a gritos en la cocina del fondo; _ Hay cosas en la vida que no tienen remedio y solo la muerte se las lleva para siempre_ le había dicho la abuela mientras él la miraba con los ojos llenos de tristeza.

***

Supongo que llevaría poco tiempo dormida porque el charco de tinta que había hecho sobre las sábanas, por mal meter y sacar los cartuchos nuevos, aún estaba fresco. Escuché ruidos en el garage, cajones y bisagras que se abrían y cerraban. Somnolienta abrí los ojos y vi como el Frambrón se reía sin dientes desde la pared del fondo y la sombra de las palmeras le dibujaban una macabra extensión de la boca que iba hasta el marco de aquel espantoso cuadro. Me distraje cuando, con el rabillo del ojo, percibí que más allá la puerta del cuarto de la Tati estaba abierta. Los abuelos dormían y a excepción de los ruidos del fondo, todo estaba en calma.

La habitación a la que nunca había entrado no estaba intacta. La cama, deshecha y desordenada estaba enmarcada por un crucifijo grande que pendía sobre el respaldo, el Cristo crucificado tenía la misma mueca que el Frambrón y con los ojos me miraba como acusándome por estar ahí metida. De la cabecera de hierro salían unas cuerdas gruesas que acababan en dos pulseras de cuero raído, como rascadas con los dientes, una de ellas estaba rota. Había una bacinica de latón a un costado y sobre la mesa de noche la misma foto donde la Tati estaba viva, tan linda con sus ojos azules.

Momentos mas tarde, al verla parada tan solo a dos pasos de mi, entendí por qué la vida era más cruel que la muerte.

Estaba de pie junto al marco de la puerta, respirando lento pero profundo, como si quisiera hacer llegar el aire al interior de unos pulmones distantes, con un silbido que parecía venir de otra parte, de otra persona. De su cabello hermoso solo quedaban unas mustias hilachas que se le pegaban al cráneo redondo, de un marfil amarillento y ceroso. Y el escote, justo debajo del hueco de la garganta, aunque cóncavo por la posición de su cuerpo aún con vida, estaba flanqueado por dos clavículas angulosas y amenazantes, preludio de las costillas que más allá se dibujaban agudas por debajo de un delgado camisón de flores verde agua. Pero su boca, el interior de su boca que se había negado a abrirse durante todos estos años, estaba ahora a la vista. Los labios resecos se habían retraído finamente hasta convertirse en las dos líneas de un horizonte macabro y enmarcaban unos dientes irregulares y grises. Sobre ellos apoyó suave un índice huesudo y un sonido sibilante salió de entre la poca carne que los cubría.

Mi mente era un vacío confuso en el que se apiñaban imágenes del presente y el pasado. El humo había empezado a escocerme los pulmones y tardé varios minutos en darme cuenta de que me estaba ahogando, el fuego ya había consumido el piano de mamá y la pared sobre la que hacía escuadra estaba completamente en llamas. Los gritos desgarrados de la abuela se mezclaban con el chisporroteo de la madera del techo _o de la carne de sus cuerpos_ y con los golpes que el abuelo daba en la puerta de su habitación cerrada. De una mano de la Tati colgaba la llave con el listón de seda que la abuela había cosido para su recámara, de la otra, un bidón de gasolina vacío.

Me estaba muriendo y mi terror era tal que no era capaz de moverme, entonces ella giró un par de veces la cabeza, casi como aceptando una inexorable realidad, y con los ojos miró fijo las pulseras de cuero que colgaban del respaldo de su cama, luego se acercó a mi sonriendo, _no tenía otro gesto, no creo que sonriera_ y me extendió una mano delgada y casi transparente.

Mientras atravesábamos la galería de los vitrales me di cuenta de que ya no escuchaba más que el crujido de las brasas y que el sillón rojo en el que la Tati se había sentado tantas veces había comenzado a quemarse.

***

Afuera empezaba a despuntar un sol otoñal, pero todavía nadie salía hacia la escuela. Mi pluma fuente nueva se estaría consumiendo junto con las estampas y los cuerpos hermosos de las hadas. Con mi cama, con la higuera, con el abuelo y la abuela.

Después de atravesar la puerta de vidrio que daba al patio, la Tati me soltó la mano y sin preludio alguno se encerró dentro de la casa. Había un gesto en su mirada, como de pena y al mismo tiempo de libertad.

Reculé hasta la vereda viendo siempre hacia la inmensa casa en llamas. Tropecé con los malvones de la abuela, que a esa hora recibían amables los primeros rayos de luz y enseguida, antes de tocar el concreto, unas manos firmes me sostuvieron por la espalda.

Quién sabe cuánto tiempo haría que Cristian estaba ahí parado, observándola. Y ese era el gesto en su mirada, de pena, de libertad, pero también de amor y de condena. Mientras el fuego la consumía, ella nunca dejó de mirarlo. Cuando yo lo abracé supe que también él estaba llorando.

_Hay cosas en la vida que no tienen remedio y solo la muerte se las lleva para siempre_. Me lo dijo discretamente, como un secreto adivinado entre líneas, como el calor de una brasa pequeña que se apaga sin que nadie lo sepa.

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